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Lo que me enseñó el gimnasio… “el músculo se tiene que desgarrar para crecer”.

En esta ocasión quiero compartirte una experiencia, que ha sido una de las lecciones más importantes para mí.

Hace un tiempo, se podía creer que tenía la vida de ensueño. Lideraba un negocio que arranqué a los 25 años, con el tiempo se fue posicionando, era vista como la hija de mamá y papá; curiosamente algunas personas pensaban que me esforzaba poco, incluso este reflejo podría haber venido de mí misma, salía de viaje casi cada dos meses, acudía de fiesta casi semanalmente y tenía a mi lado a uno de los chicos más increíbles que he conocido en mi vida, hasta que un día comencé a tener una sensación extraña, dejé de disfrutar lo que hacía y la compañía que tenía a mi alrededor, de pronto mi vida era horrible, me enfrentaba a criticas todo el tiempo, veía como mucha gente estaba en mi contra y hablando mal de mí, el trabajo no tenía sentido y constantemente me sentía sola, tenía muchísimo miedo de expresar lo que sentía, estaba tan envuelta en tanta queja por mi vida, que ni yo sabía lo que quería. Sinceramente cometí muchos errores por reaccionar y no controlar mis emociones ni mis decisiones.

Comencé a darme cuenta que había desarrollado una codependencia emocional muy fuerte y buscaba engancharme a cualquier persona que pudiera, la verdad tenia los lentes del victimismo.

Hacía berrinches todo el tiempo, de pronto quise tirar la toalla e irme lejos con lo único que pensaba que estaba bien: “mi relación”; dato curioso es que pasaron 6 meses y yo misma comencé a destruir la relación. El no querer levantarme de la cama era el símbolo total de “odio lo que hago, odio lo que gano, odio a mi familia, a mi pareja y lo que me rodea”. Buscaba la forma de tener el coraje para decir lo que sentía, y que me estaba ahogando y destruyendo.

Tomé la decisión de invertir en mí y comencé con dieta y ejercicio pues, verme al espejo con kilos demás, celulitis, pantalones enormes, y perdiendo la cintura se agregaban a la lista de “todo me pasa a mí”. Por lo tanto, comencé a hacer ejercicio y a cambiar mi alimentación, entré en un programa donde eramos cien chicas buscando el mismo objetivo y teníamos constante motivación y retos. La nutrióloga con cuerpo espectacular y mensajes de aliento, me mantenía apegada al programa.

Pasando los meses, hablé y lo primero que dejé ir fue la relación. Encontré el hilo para retomar el rumbo de mi vida, pues en mi cabeza solo tenía la frase de “esta no soy yo y no quiero seguir así”, después de sentir mucho miedo de decirle adiós a alguien irreemplazable, comencé a construirme paso a paso y lo primero que me sostuvo fue el gimnasio, empecé a ir diariamente dos horas y, saliendo de ahí, el único sentimiento que tenía era esperanza, solo a eso iba, a aislar mis pensamientos y a sentir dolor físico ante el dolor en el pecho que me ahogaba, con el paso del tiempo aprendí que “el músculo se tiene que desgarrar para poder crecer”, comprendí que el corazón es igual, ese sufrimiento que yo sentía ante tantas perdidas y al tener que soltar cada una de las esferas principales. Conocí el caos reconstructivo, era necesario volver a empezar, que el dolor y la tristeza me acompañarían un tiempo para sanar pero, de mi dependía salir de ahí, colocándome los lentes correctos, vivir como víctima es lo más sencillo; pasas la responsabilidad, buscas culpables y dejas de esforzarte para quejarte y criticar (vives la vida de alguien más y te quejas de lo que toleras).

Tenía que darme cuenta de qué era lo que quería ver de mí, de las personas, del trabajo, de la crisis, aceptar mis errores, perdonarme y aceptar el cambio y la gran oportunidad que tenía enfrente para volver a empezar con más experiencia, para decidir que era lo que podía hacer diferente de mí y de mi vida.

Cada adversidad es una bendición disfrazada, a veces de momento no logramos ver la joya que trae la cara del sapo que tienes frente a ti, y puede ser tu gran oportunidad para observarte y comenzar a transformar lo que la vida te pone en las manos.

Dulce es el fruto de la adversidad, que, como el sapo feo y venenoso, lleva en la cabeza una preciosa joya “William Shakespeare”

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